lunes, 16 de febrero de 2009

Velocidad


A veces vivimos tan apresuradamente que da miedo. Da miedo la asfixia de la velocidad, la rapidez del tiempo, la intensidad con la que cae cada segundo. Calma y desenfreno al mismo tiempo, euforia y adrenalina entremezcladas. Son la base de los desajustes racionales. Son lo que en un momento, nos libera de todas las opresiones, nos vacía la memoria y rescata el peso de nuestros huesos. Nos lanza mil kilómetros más alla, pero – qué extraño- seguimos pisando el mismo suelo, y luego nos devuelve a la tierra que siempre creímos tener bajo nuestros pies. Y digo creímos porque si pocas cosas hay que nos pertenezcan, el terreno que creemos nuestro puede ser no más que arena y traducirse en desarraigo. Nos maneja con hilos invisibles, nos sube y nos baja a su antojo, nos hace presas de un sinsentido necesario para vivir. Para vivir así, son la irracionalidad propia de los latigazos de felicidad que golpean la piel. Increíblemente rápido, pero despacio al mismo tiempo. Entre contradicciones, porque todo es tan simple que de sencillo que es se vuelve complicado. No puede ser de otra manera cuando entre dificultades inventadas y obstáculos mínimos buscamos razones para creernos héroes, cuando realmente lo seríamos dedicándonos exclusivamente a vivir. A vivir así, de la manera más loca y menos premeditada posible, - con un poco de lucidez, eso sí-, como dicen que han vivido los que dicen haber conocido la felicidad.

viernes, 6 de febrero de 2009

De amor y adolescencia



Ella toca tan poco el suelo que tiene intactos los zapatos. Atraviesa todas las tardes una ciudad que tirita de frío, con libros y libretas apretadas contra el pecho, espacio en el que tiembla el sonido de un sólo nombre. Se funde la tinta que lo garabatea descontroladamente por márgenes y tapas, con la intensidad con que golpea el gigante que duerme debajo de sus costillas.
Ella últimamente es la inspiración de todos aquellos de voz prodigiosa, la musa que arranca acordes de todas las guitarras. Es música. Ella escribe líneas prematuramente maduras para unos ojos que detrás de muchos kilómetros, las esperan ansiosas, como se espera la lluvia en épocas de sequía.
Ella tiembla al pensar en estaciones y dársenas, al quemar mentalmente las distancias y carreteras. Se le acelera el pulso al ver resumidas las distancias en ilusas horas de viaje, al ver al imposible olvido volverse más imposible todavía. Ella provoca terremotos cuando por sus venas corre adrenalina en vez de sangre, cuando se quiebra su voz con el acento de otra, cuando el recuerdo le eriza la piel.
Se ha convertido en un sentimiento en carne viva, sangrante y apasionado. Mide la vida por latidos, en sístoles y diástoles, gracias a aquél que las provoca. Ella ahora entiende poesía, y es poesía con cuerpo de mujer.

domingo, 1 de febrero de 2009

El final de Agosto

Las mañanas eran paseos interminables por playas infinitas con el sol desperezando aún sobre mi espalda. Eran el tacto de la arena, eclipsada por los amaneceres al lado del mar, que sin querer evocaban tu recuerdo. Mi cuerpo se bañaba en agua salada y quedaba terso, atado con cadenas de yodo. El levante curtía la piel, la rociaba de cobre. Yo era el resultado de la conjugación de viento y agua, de soledad y recuerdo.Las tardes eran libros de poetas de renombre, verso libre. Las horas se escurrían por hojas escritas a máquina. Hacían equilibrio por el borde de folios amarillos y arrugados, viejos, eternamente clásicos. Yo dejaba entonces de existir para convertirme en la figura y rima de un joven poeta chileno. Luego los limos y el viento cálido del sur, me devolvía a mi condición de mortal y de mediocre en el arte de la poesía.Las noches eran oscuridades penetrantes al lado de un gigante adormilado, de un fiero océano en calma. Esas horas eran literatura, habitaciones de hoteles caros, camas vacías. Sábanas blancas, impolutas, arrugadas a los pies del colchón junto a mi sueño desorbitado. Las noches eran ausencia. Ausencia al haberlas dejado llegar sin más intención que regalarme vigilias tediosas. Eran el vacío que dejaba la poesía cuando se escribía con nostalgia, el mismo que dejaba mi cabeza sobre la almohada al dormir sola. Nunca nadie había dormido a mi espalda, pero sí conmigo se habían acostado sentimientos encarnados, parecidos a una figura humana. Eran abstractos que me habían hecho compañía. Entonces las lunas únicamente regalaban soledad, y yo la aprovechaba escribiendo compulsivamente en cualquier sitio alejado de los pecados mundanos. Los días pasaban de puntillas y no eran otra cosa sino páginas en blanco, recuerdos intermitentes. Viento cálido del sur que soplaba fuerte y que al fin, logró destruirte.

viernes, 16 de enero de 2009

Posibles riesgos.


No es insensibilidad, no es muro de piedra. Tampoco es miedo al compromiso, a pensar en plural. Tal vez sea afecto a una soledad cálida, a la costumbre de ser una unidad, aunque, durante mucho tiempo, dualista de pensamiento. El haberme hecho a la idea que soy yo única promotora y receptora de actos y consecuencias, que puedo flotar o hundirme pero sola. Para qué negarlo, quizá todo se resuma a miedo, o no miedo, tan sólo un temor tímido, a perder los papeles sin remedio, a que alguien les sople y yo no pueda encontrarlos. Arriesgarme a insomnios dulces e insoportables al mismo tiempo, a camas oxidadas de tanto pensamiento y sudor frío. Es exponer mis principios al riesgo de ser destruidos por la dinamita que vuela la razón. Me convertiría en latidos de un músculo vital sordomudo y cojo, necio y optimista. Quizá sea pavor a perder mi esencia, mis ojos de impenetrabilidad, mis labios cosidos, mi piel de metal fundido, para que todo, absolutamente todo, fuese literatura por y para la que respiraría. Pavor a sufrir daños internos o colaterales, a tener que declarar mi impotencia al no poder esquivar lo que me atravesaría, a no poder decidir qué sentir, sino sentir irremediablemente

sábado, 10 de enero de 2009

Felicidad adolescente.

Recuerdo haber sido una de las personas más felices de todo el universo. Recuerdo haber estado, como ahora estoy, tumbada sobre la cama, flotando entre las sábanas. Tenía la sensación de haber amado hasta los límites, hasta donde la salud de la razón no aconseja. Me había dado entera, de pies a cabeza, de locura a cordura, aunque mi pensamiento, desde hacía años, había sido solamente tuyo. Todo sigue latente en mi memoria, a pesar de los inviernos que hubo de soportar tu recuerdo. A pesar de la lluvia y la nieve que a veces el frío de Enero regaló resististe en mi cabeza, como tumor inextirpable. Pero desde entonces-confieso-no he vuelto a sentir. Se han cruzado ojos en mi camino, pero todos eran lejanos e inciertos, ningunos quisieron llegar a mí. Pude haber tropezado con bocas y sonrisas de acero, pero todo lo esquivé, de todo quise desentenderme. Parece como si este músculo que hiberna bajo las costillas, que se estremece y se esconde, estuviese inducido en un coma profundo del que sólo logra salir cuando, a ciegas, reconoce tu tacto. Ahora, en estos días, vive demasiado. Hoy, que recuerda aquél entonces, llora en cada latido algo de nostalgia. Por eso regresé a la calle donde perdí la cabeza tiempo atrás, y allí seguía intacta, cubierta de polvo. Advertí el halo que dejaron nuestros cuerpos y todavía resplandecía. Me supe, de repente, en frente de tí, con tu chaqueta sobre los hombros, tiritando, como entonces por la emoción lo hacía. Ahora la conmoción me hacía temblar. Pude ver restos de mi vida, esparcidos como cristales rotos, por el suelo. Quise cogerlos y devolvérselos a una conciencia resquebrajada, perdida. Probé a acariciarte, a sentirte de nuevo cerca, pero todo era abstracto, como tú ya eras recuerdo

domingo, 28 de diciembre de 2008

Qué se supone debo hacer



Qué se supone debo hacer cuando estamos tan cerca que las respiraciones, por sí solas, se acompasan. Cuando las pieles al rozarse se erizan incluso estando bajo el sol inglés de media tarde. Qué se supone debo hacer cuando estamos cara a cara y los ojos luchan por no decaer y dejar de contemplarse. Cuando hay flujos de presión entre las pupilas y cierta desconocida electricidad las acerca hasta tocarse.
Qué se supone debo hacer cuando siento tan cerca tus palabras que parecen salidas de mis labios. Cuando ellas mismas pronuncian lo mismo que las mías que quedaron tiritando entre los dientes, hubiesen pronunciado. En ese momento, que los labios titubeantes están tan próximos que podrían confundirse, que podrían calcarse unos sobre otros como mera respuesta al estímulo humano de las distancias cortas.
Qué se supone debo hacer cuando los cuerpos son piezas de un puzzle que arman perfectamente y se niegan a separarse. Cuando los brazos rodean las siluetas opuestas, amarrándolas, devolviéndoles el aire limpio al quitarle el miedo a ser abrazadas.
Qué se supone debo hacer cuando las distancias son tan cortas que la precisión no existe, cuando los universos son tan paralelos que ni si quiera la repelencia existe.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Precauciones


Ten cuidado, no te acerques. Esta piel puede quemarte. Siempre ha sido candente. Siempre ha ardido, incluso bajo la lluvia. No te aproximes demasiado, no grabes sobre ella su tacto, pues sabes, puedes hacer que te busque infatigablemente. Mantente a la distancia mínima que necesitan los cuerpos para no poseerse, para no poseerse aún deseándose. Espíame, pero desde donde yo no pueda hacerlo. Contempla mis movimientos, sigue de cerca, oculto, mis pasos y observarás que hay algo más que silueta sinuosa y piel de acero. Hazlo y poséeme en la distancia, pero no dejes que yo me pierda, absurda, loca, adolescente. Impídeme caer en el abismo de esos dos charcos de lluvia. No dejes que me refleje en ellos, nunca lo hagas, pues me convertiría en su inevitable esclava. Muérdete los labios cuando creas que vas a pronunciar palabras peligrosas. Cállalas. Si osan llegar a mis oídos me poseerían y, créeme, a las palabras es a una de las cosas a las que no puedo renunciar. Cóselas, pues si las mías saltan como respuesta desde este pozo sin fondo, entonces, ya habré perdido la razón que nunca poseí entera. Cógeme si ves que me abalanzo sobre ti, rendida. Cógeme pero nunca me abraces. No me obligues a esposarme a ti eternamente. Trata de ponerme en pie y devolverme de nuevo mi figura, pero nunca aliento, porque luego lo haría cruelmente imprescindible. Congélate. Vuélvete de mármol cada vez que te aproximes y no me pidas con los ojos afligidos y la sonrisa decaída, los besos que, sabes, no puedo darte. No trates de convencerme con caricaturas dulces de un rostro picardioso. No abuses de mi vulnerabilidad. Piensa que ahora los abismos pueden salvarse, pero que mañana se levantará el definitivo, el infranqueable. No me obligues entonces a carecer de los cinco sentidos y a arrancarme el corazón a jirones del pecho. No quiero necesitarte.