Volver. Volver a la geografía de luces y sombras, de charcos y sudor. A la niebla espesa de madrugada y a la soledad que desprenden las farolas fundidas. Volver a los semáforos en rojo, al tráfico frenético, a los ecos de las calles. Al encanto de una ciudad convertida en universo paralelo al propio, a las corrientes de gente sin nombre, a su inexplicable desgana. Volver al cemento que cubre la fortaleza de las raíces profundas, al tiempo muerto o inexplicablemente vivo. A las contradicciones, al humo y los bares que se asfixian al salir el sol. Volver a las horas maleables y los segundos inquietos, a la piedra y el mármol, al frío. A rutinas no tan amargas como dicen, a sus mañanas, sus noches. A su febril sinsentido. Volver a miradas conocidas, a la destreza de leer sobre su piel historia, literatura; al país de los lazos engendrados, no al calor de las similitudes, sino a la fiebre de lo tradicional. Volver al hueco que dos pies, consiguieron hacerse en el asfalto. A una calle determinada, un portal vacío, una cama de sábanas cosidas con el temblor de la juventud. A los secretos que tiritan bajo la almohada, a la misma mancha de humedad en el techo. Volver al caos irreparable de pensamientos vomitados sobre papeles vírgenes. Al pasado y al porvenir, a las leyes que defienden la pasión por el momento. Volver, para reemplazar el desarraigo por apego a los cielos que han espiado todos mis años. Por la sensación acertada de estar en el lugar preciso, a la hora adecuada. Volver a la ciudad que se dejó humanizar, llenarse de encanto y de recuerdos. De la que nunca podré entera escaparme aunque me escupa el tiempo en otro lugar o aunque a ella la arrasen los años.
Volver a ti.
viernes, 19 de marzo de 2010
viernes, 19 de febrero de 2010
Pérdidas desesperadas
Si algún día decidieras escaparte por alguna grita del olvido, desaparecer de las calles, de la ciudad, de la impasibilidad del calendario, te buscaré.
Te buscaré en el aire de todos los lugares en los que creí enloquecer, es su asfixia. Detrás de cada carcajada, de cada risa incompleta. Detrás de la ingenua sencillez de cualquier gesto.
Te buscaré en el verde de Abril, en el primer sol de Septiembre. Cuando se incendie el mar y ardan las farolas. En el abismo de cada noche.
Te buscaré en el tedio de las tardes de domingo. En el aliento tembloroso que tirita tras los cristales ahumados, revolviéndose entre mantas de lana. Cuando suene la radio, llore alguna guitarra y me contamine el olor a café.
Te buscaré dentro de mis letras y en el absurdo caos de tu nombre. Debajo de papeles perdidos y fotografías envejecidas de tanto desesperarte.
Te buscaré por aeropuertos, andenes de tren y dársenas, como quien aún no ha perdido la esperanza de poder llegar a tiempo. Conduciré por carreteras cortadas, direcciones prohibidas, callejones tapiados y ni si quiera así mi pecho se declarará rendido.
Te buscaré incansable cuando cierren los bares, en ese momento en el que se busca a tientas el calor de una voz. En cada soportal de vuelta a casa, justo en ese instante en que las ciudades parecen volverse más crueles e insípidas aún.
Te buscaré entre los miles de habitantes de una ciudad vacía. En cada vida, cada pupila, cada boca, sintiendo la impotencia y la plenitud de ser capaz de latir sólo de una manera.
Te buscaré más allá de los mapas, del tiempo. Más allá del más allá. Donde no existen realidades ficticias ni el polvo de los segundos. En ese panteón que algunos llaman recuerdo.
Y quizá, entonces, haya empezado a encontrarte.
Te buscaré en el aire de todos los lugares en los que creí enloquecer, es su asfixia. Detrás de cada carcajada, de cada risa incompleta. Detrás de la ingenua sencillez de cualquier gesto.
Te buscaré en el verde de Abril, en el primer sol de Septiembre. Cuando se incendie el mar y ardan las farolas. En el abismo de cada noche.
Te buscaré en el tedio de las tardes de domingo. En el aliento tembloroso que tirita tras los cristales ahumados, revolviéndose entre mantas de lana. Cuando suene la radio, llore alguna guitarra y me contamine el olor a café.
Te buscaré dentro de mis letras y en el absurdo caos de tu nombre. Debajo de papeles perdidos y fotografías envejecidas de tanto desesperarte.
Te buscaré por aeropuertos, andenes de tren y dársenas, como quien aún no ha perdido la esperanza de poder llegar a tiempo. Conduciré por carreteras cortadas, direcciones prohibidas, callejones tapiados y ni si quiera así mi pecho se declarará rendido.
Te buscaré incansable cuando cierren los bares, en ese momento en el que se busca a tientas el calor de una voz. En cada soportal de vuelta a casa, justo en ese instante en que las ciudades parecen volverse más crueles e insípidas aún.
Te buscaré entre los miles de habitantes de una ciudad vacía. En cada vida, cada pupila, cada boca, sintiendo la impotencia y la plenitud de ser capaz de latir sólo de una manera.
Te buscaré más allá de los mapas, del tiempo. Más allá del más allá. Donde no existen realidades ficticias ni el polvo de los segundos. En ese panteón que algunos llaman recuerdo.
Y quizá, entonces, haya empezado a encontrarte.
sábado, 28 de noviembre de 2009
Separarse.
Soltar las manos no es separarse. Tampoco caminar en direcciones opuestas, no mirar atrás, llevar el recuerdo en los talones.
Separarse no es tener que secuestrar la imaginación para no envenenarse de olvido, ni acostumbrarse a esa tierna ausencia de todo el que alguna vez ha amado. Tampoco sentir los colchones siempre un poco fríos, ni saberse uno mismo nostálgico cuando comienzan a tiritar las luces de las farolas.
Separarse no es oír temblar una voz al otro lado del teléfono o un pálpito desordenado al otro lado del mundo. Y aún menos, hacer de los kilómetros desarraigo. No es, en definitiva, haberse acostumbrado a rescatar uno la latente felicidad de otros ayeres.
Separarse es caminar a su lado, estar haciendo equilibrio sobre el vértice de dos respiraciones y sentir la gravedad del universo que las distancia. Es evitar los ojos, las pieles...volverse impar.
Separarse es forjar un recuerdo frágil, o ni si quiera ser capaz de reconocer entre seis mil miradas, aquella por la que, un día, uno hubiera matado. Es morir de soledad entre las sábanas, haberse acostumbrado a su frío, a su ácido sinsabor, a no necesitar más que dos ojos drogados de desaliento para dormir.
Separarse es dejar de vibrar con la música de unos labios, no buscar su tarareo en otras palabras. Es no sentir la fiebre de dos cuerpos que, odiándose, se pertenecen; negarse a comprender la paradoja de todo sentimiento.
Separarse es rodar por mundos distintos pisando las mismas aceras. Dejar de pensar el plural: sentirse una completa unidad, sin jaulas ni melancolías.
Separarse es no extrañar, no los cuerpos ni los nombres, sino la felicidad que, sin querer, provocaban.
Separarse no es tener que secuestrar la imaginación para no envenenarse de olvido, ni acostumbrarse a esa tierna ausencia de todo el que alguna vez ha amado. Tampoco sentir los colchones siempre un poco fríos, ni saberse uno mismo nostálgico cuando comienzan a tiritar las luces de las farolas.
Separarse no es oír temblar una voz al otro lado del teléfono o un pálpito desordenado al otro lado del mundo. Y aún menos, hacer de los kilómetros desarraigo. No es, en definitiva, haberse acostumbrado a rescatar uno la latente felicidad de otros ayeres.
Separarse es caminar a su lado, estar haciendo equilibrio sobre el vértice de dos respiraciones y sentir la gravedad del universo que las distancia. Es evitar los ojos, las pieles...volverse impar.
Separarse es forjar un recuerdo frágil, o ni si quiera ser capaz de reconocer entre seis mil miradas, aquella por la que, un día, uno hubiera matado. Es morir de soledad entre las sábanas, haberse acostumbrado a su frío, a su ácido sinsabor, a no necesitar más que dos ojos drogados de desaliento para dormir.
Separarse es dejar de vibrar con la música de unos labios, no buscar su tarareo en otras palabras. Es no sentir la fiebre de dos cuerpos que, odiándose, se pertenecen; negarse a comprender la paradoja de todo sentimiento.
Separarse es rodar por mundos distintos pisando las mismas aceras. Dejar de pensar el plural: sentirse una completa unidad, sin jaulas ni melancolías.
Separarse es no extrañar, no los cuerpos ni los nombres, sino la felicidad que, sin querer, provocaban.
martes, 10 de noviembre de 2009
Más allá de lo exigido.
Si algún día decidieses escaparte por alguna grieta del olvido, desaparecer de estas calles, de esta ciudad, del calendario, te buscaré. Te buscaré en el aire de todos los lugares que nos conocieron, en su asfixia. Detrás de cada carcajada, de casa risa incompleta, de la ingenua sencillez de cualquier gesto.
Te buscaré en las tardes de Abril, en el último sol de Septiembre. Cuando el sol caiga como un párpado fino sobre el mar, cuando se incendien las farolas y ardan las calles. En el abismo desabrigado de cada noche.
Te buscaré en el tedio de las tardes de domingo. En el vaho de los cristales ahumados y en el calor de los alientos invernales. Cuando suene la radio, llore alguna guitarra y me contamine el olor a café.
Te buscaré dentro de mis letras jóvenes e ingenuas, en la última página de las antologías. Debajo de papeles revueltos y fotografías envejecidas de tanto desesperarte.
Te buscaré por aeropuertos, por andenes y dársenas colapsados, como quien aún no ha perdido la esperanza de poder llegar a tiempo. En los semáforos en rojo, en carreteras cortadas, en el primer bostezo de la mañana.
Te buscaré incansable cuando cierren los bares, en la última gota que siempre pende del borde del vaso. En el regusto a cerveza y olor a sal, en cada soportal cuando rebobine las noches.
Te buscaré entre los millones de habitantes de una ciudad impía. En cada mano, cada boca, cada poro. Desesperada, tratando de reconocerte entre multitudes ebrias de soledad.
Te buscaré más allá de los mapas del tiempo. Donde no existen horas, ni realidades combustibles. Allí donde habita el olvido.
Y quizá entonces haya empezado a encontrarte.
Te buscaré en las tardes de Abril, en el último sol de Septiembre. Cuando el sol caiga como un párpado fino sobre el mar, cuando se incendien las farolas y ardan las calles. En el abismo desabrigado de cada noche.
Te buscaré en el tedio de las tardes de domingo. En el vaho de los cristales ahumados y en el calor de los alientos invernales. Cuando suene la radio, llore alguna guitarra y me contamine el olor a café.
Te buscaré dentro de mis letras jóvenes e ingenuas, en la última página de las antologías. Debajo de papeles revueltos y fotografías envejecidas de tanto desesperarte.
Te buscaré por aeropuertos, por andenes y dársenas colapsados, como quien aún no ha perdido la esperanza de poder llegar a tiempo. En los semáforos en rojo, en carreteras cortadas, en el primer bostezo de la mañana.
Te buscaré incansable cuando cierren los bares, en la última gota que siempre pende del borde del vaso. En el regusto a cerveza y olor a sal, en cada soportal cuando rebobine las noches.
Te buscaré entre los millones de habitantes de una ciudad impía. En cada mano, cada boca, cada poro. Desesperada, tratando de reconocerte entre multitudes ebrias de soledad.
Te buscaré más allá de los mapas del tiempo. Donde no existen horas, ni realidades combustibles. Allí donde habita el olvido.
Y quizá entonces haya empezado a encontrarte.
domingo, 25 de octubre de 2009
Permíteme...
Dame tu alegría, tu aire. La fiebre de tus actos, tus palabras. Dame tus ganas, tu júbilo, la fuerza que vive en tu sangre. Todo lo que te impulsa, tu adrenalina y tu miedo.
Dame tus manías. Déjamelas, déjame maldecirlas, aprender a quererlas lentamente. Dame tu debilidad, tu flaqueza. La firma de tus redenciones, tu aliento cansado.
Dame tus recuerdos, su nostalgia, su edad. El peso de tus ayeres. Repártelo sobre mis hombros. Dame tu fe y tu pecado. Todo aquello que te hace humano, lo mismo que te hace inmortal. Dame tus emociones, la sal de tus ojos, la risa descarada, la permeabilidad de tu piel. Tu maldita capacidad para penetrar corazones ajenos. Intentaré colarme dentro de tu pecho.
Dame tu ilusión, tu esperanza en un porvenir siempre más claro. Tu facilidad para hacer explotar los días, para trepar por el calendario. Dame tu sueño y tu insomnio, todo lo que duerme bajo tu almohada. Dame la magia de tus ojos, la fuerza de tus manos. La inexplicable distinción de tu cuerpo, sus abrazos.
Dame tus soledades, tus inviernos y toda la poesía que se cae de tus bolsillos. Dame esa maldita forma que tienes de hacerte recordar, de amar(me).
Déjame quererte.
Dame tus manías. Déjamelas, déjame maldecirlas, aprender a quererlas lentamente. Dame tu debilidad, tu flaqueza. La firma de tus redenciones, tu aliento cansado.
Dame tus recuerdos, su nostalgia, su edad. El peso de tus ayeres. Repártelo sobre mis hombros. Dame tu fe y tu pecado. Todo aquello que te hace humano, lo mismo que te hace inmortal. Dame tus emociones, la sal de tus ojos, la risa descarada, la permeabilidad de tu piel. Tu maldita capacidad para penetrar corazones ajenos. Intentaré colarme dentro de tu pecho.
Dame tu ilusión, tu esperanza en un porvenir siempre más claro. Tu facilidad para hacer explotar los días, para trepar por el calendario. Dame tu sueño y tu insomnio, todo lo que duerme bajo tu almohada. Dame la magia de tus ojos, la fuerza de tus manos. La inexplicable distinción de tu cuerpo, sus abrazos.
Dame tus soledades, tus inviernos y toda la poesía que se cae de tus bolsillos. Dame esa maldita forma que tienes de hacerte recordar, de amar(me).
Déjame quererte.
jueves, 15 de octubre de 2009
Vacío.
Echar de menos
hasta emborronar los ojos de húmedo recuerdo
y hacer gritar las tripas,
hasta ver colgadas del techo las horas,
la intermitencia de los segundos,
el infarto del tiempo...
hasta reconocer la ardua tarea que es
descoser el calendario.
Echar de menos
hasta obligar a la mente a naufragar
en mares futuros o pasados,
haciendo del presente
la imagen ridícula de un cuerpo desalmado.
Echar de menos
hasta buscar compulsivamente
la manera de paliar el desencanto,
de aniquilar esa nostalgia torpe y reincidente
dueña de insomnios
y falsas esperanzas,
hasta sentir
cómo el recuerdo se deshilacha
y se hace vital para alimentar
segundo a segundo
a una memoria inerte.
Echar de menos
al ver rastros de sentimientos por las calles,
abrazos en los semáforos
y cuerpos dóciles que se entregan inocentes
sin temor a ser,
algún día,
olvidados. .
Echar de menos
hasta admitir
que uno mataría
por un par de segundos,
un café y un abrazo,
una vuelta a casa...
hasta sentir
el frío de los bolsillos vacíos.
Echar de menos
hasta saberse uno mismo
un pobre incompleto.
Hasta dolerse.
hasta emborronar los ojos de húmedo recuerdo
y hacer gritar las tripas,
hasta ver colgadas del techo las horas,
la intermitencia de los segundos,
el infarto del tiempo...
hasta reconocer la ardua tarea que es
descoser el calendario.
Echar de menos
hasta obligar a la mente a naufragar
en mares futuros o pasados,
haciendo del presente
la imagen ridícula de un cuerpo desalmado.
Echar de menos
hasta buscar compulsivamente
la manera de paliar el desencanto,
de aniquilar esa nostalgia torpe y reincidente
dueña de insomnios
y falsas esperanzas,
hasta sentir
cómo el recuerdo se deshilacha
y se hace vital para alimentar
segundo a segundo
a una memoria inerte.
Echar de menos
al ver rastros de sentimientos por las calles,
abrazos en los semáforos
y cuerpos dóciles que se entregan inocentes
sin temor a ser,
algún día,
olvidados. .
Echar de menos
hasta admitir
que uno mataría
por un par de segundos,
un café y un abrazo,
una vuelta a casa...
hasta sentir
el frío de los bolsillos vacíos.
Echar de menos
hasta saberse uno mismo
un pobre incompleto.
Hasta dolerse.
martes, 22 de septiembre de 2009
Instrucciones para salvar las distancias
Cuando quieras encontrarme y no esté. Cuando me busques, infatigable, entre las sábanas, entre tu ropa, en los bolsillos del pantalón y no haya rastro de mi. Cuando, sin querer, busques mis ojos, mi paso, entre los miles de habitantes de esta ciudad y desesperes al haberme confundido con cualquier otra alma errante. Cuando los bares, las calles, echen el candado, te escupan al asfalto y cierren sin mi. Cuando notes que te araña la melancolía, que se apodera de ti una inquietud insana, una nostalgia torpe. Cuando sientas que el propio aire asfixia, que se astillan los huesos y se cae la risa. Cuando adviertas que los días son de hierro, látigos que flagelan la espalda si falta mi aliento.
Cuando pueda la impotencia a la alegría, cuando me eches de menos... aprieta los ojos. Cierra la boca y arranca del paladar alguna de esas noches. Respira lentamente y siénteme caminando sobre tus costillas. Atrapa los recuerdos en un suspiro y guárdalos bajo la almohada. Mójalos, envejécelos, ponles nombre. Busca en tu piel pedazos de mis manos, el sabor de mi tacto. Recupera la calidez de cualquier gesto, la alegría inútil de cualquier insensatez, el nosequé que no entiende de distancias Y, entonces, estaré, increíblemente, respirando sobre tu nuca.
Cuando pueda la impotencia a la alegría, cuando me eches de menos... aprieta los ojos. Cierra la boca y arranca del paladar alguna de esas noches. Respira lentamente y siénteme caminando sobre tus costillas. Atrapa los recuerdos en un suspiro y guárdalos bajo la almohada. Mójalos, envejécelos, ponles nombre. Busca en tu piel pedazos de mis manos, el sabor de mi tacto. Recupera la calidez de cualquier gesto, la alegría inútil de cualquier insensatez, el nosequé que no entiende de distancias Y, entonces, estaré, increíblemente, respirando sobre tu nuca.
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