Ahora, justo ahora, algo me hace falta. Algo como una piel tendida sobre la cama envuelta entre sábanas blancas de hotel barato. Una voz sentada en mis oídos, susurrándome cualquier insensatez, cualquier locura, cualquier huída al lugar más recóndito del planeta.
Necesito calor, a pesar de estar hirviendo a 40º. No porque se me haya congelado la sangre, sino porque me envenena el frío que deja la ausencia. Unos brazos serían capaces de derretir el hielo que ha escarchado mis venas, prenderle fuego a las pupilas, devolverle la vida a un cuerpo que con la soledad se vuelve inerte. Necesito la magia que provocan unos ojos espiándome a dos centímetros de distancia. Necesito la vida que sin querer inyectan. Los míos ahora sufren de infartos y esquizofrenias. Pesan, se rasgan y secan al no poder verse reflejados, al morir cada noche de soledad ininterrumpida.
Me hace falta el silencio eterno que reina entre dos almas que se pertenecen. Ese que habla atropelladamente y delata a corazones vergonzosos y cobardes. Ése y no este silencio devastador que trepa por las paredes de la habitación evocándote, desatando el tedio, el ácido sabor de la añoranza.
lunes, 6 de julio de 2009
jueves, 18 de junio de 2009
personificación
Afuera se incendian farolas para guiar los últimos pasos de la noche. Mientras tanto, se funde la luz de alguna cocina, arde algún colchón, alguna canción se raya. Alguien come galletas en la cocina para matar la ansiedad, y para matar el hambre escribe compulsivamente sobre folios en blanco, con la luz apagada. Esconde su cuerpo bajo los limos del sudor, de esa mezcla agria entre felicidad y nostalgia. Oye lejos ruidos de mangueras ahogando las calles, coches atropellados y el sueño de una ciudad que desde hace tiempo no duerme.Acaba de llegar de contemplar su insomnio, su eterna vigilia. Corrió por sus callejones y buscó esquinas donde poder oírla respirar. En sus paredes retumbaban los latidos, convulsionaba la piedra. Pudo notar cómo se volvía humana, comprobar que de cada acera, cada semáforo en rojo emergía una fuerza similar a la de la sangre sobre las venas. Volvió después de verle aparecer en cualquier bar, saliendo de todos los lugares, de ninguna parte. Comprendió que algo alimentaba la vitalidad que fluía por unas calles siempre antes bañadas de tedio. Algo como, por ejemplo, el significado de un sólo nombre.
jueves, 11 de junio de 2009
De felicidades inexplicables y otros momentos
Es curioso. Hay momentos que uno sabe, han de pasar a la historia, han de quedar grabados en la existencia propia como vestigio imborrable. La alegría de hoy es la nostalgia de mañana. Es recuerdo. Sal en las pupilas.
Por eso entonces, a veces, el afán de recuerdo marca el ritmo. Inyecta cierta emoción inexplicable a palabras y actos, dosis de energía, de fuerza. Carga sobre los hombros la obligación irrevocable de vivir al límite. Al límites de los vértices del tiempo y espacio, planeando, haciendo equilibrio al borde del abismo, jugándose la boca, dejándose la piel. Cuando la base de todo movimiento es esa ideología, una especie de fuego trepa por la garganta, late aceleradamente el pecho y en los ojos se instala algo parecido a un brillo cegador, a vida.
El ser humano se convierte en el reflejo de una ilusión, en un sable que va golpeando y moldeando su propia vida. Brota de los poros, sale por las pupilas, crece sobre los labios y encima de las palabras eso que vulgarmente llaman felicidad. Ese sentimiento tan fiero que destroza las entrañas, que hace gritar y, a la vez, provoca el llanto. Ese sentimiento que es pecado enclaustrarlo bajo la forma de una palabra, que no se entiende hasta que se sufre su ira.
Por eso entonces, a veces, el afán de recuerdo marca el ritmo. Inyecta cierta emoción inexplicable a palabras y actos, dosis de energía, de fuerza. Carga sobre los hombros la obligación irrevocable de vivir al límite. Al límites de los vértices del tiempo y espacio, planeando, haciendo equilibrio al borde del abismo, jugándose la boca, dejándose la piel. Cuando la base de todo movimiento es esa ideología, una especie de fuego trepa por la garganta, late aceleradamente el pecho y en los ojos se instala algo parecido a un brillo cegador, a vida.
El ser humano se convierte en el reflejo de una ilusión, en un sable que va golpeando y moldeando su propia vida. Brota de los poros, sale por las pupilas, crece sobre los labios y encima de las palabras eso que vulgarmente llaman felicidad. Ese sentimiento tan fiero que destroza las entrañas, que hace gritar y, a la vez, provoca el llanto. Ese sentimiento que es pecado enclaustrarlo bajo la forma de una palabra, que no se entiende hasta que se sufre su ira.
martes, 7 de abril de 2009
Qué le está pasando

A ella algo le pasa. Ha perdido el apetito. Se ha instalado en su estómago una especie de revolución que hormiguea todo su cuerpo, que no necesita alimentarse. Pasa las horas en silencio, como si alguien le hubiera robado la voz, absorta, mirando nadie sabe qué. A veces le brillan demasiado los ojos al mismo tiempo que se apodera de su boca una mueca simpática. Se ríe a carcajadas sin separar los labios, sin hacer ruido alguno. Por las noches llega rendida a la cama, se abraza a las mantas y se duerme con los ojos abiertos. Cuando despierta, aparece envuelta en una paz imperturbable, puede verse en su piel la calidez que porta una noche cuando se llena de sueños.Últimamente escribe más de lo normal. Sobre las sábanas deja desperdigados bolígrafos y cuadernos, concilia el sueño entre letras. Camina más ligera, no se fatiga. No se cierne sobre su alma miedo alguno, sus hombros no soportan más peso que el del aire. Es incombustible y radical, vive entre la risa y el llanto. Dicen los que dicen entender de esto, que algo ha envenenado fieramente su corazón.
viernes, 27 de marzo de 2009
En algún lugar de esta ciudad

Ahora estarás en cualquier bar, encerrando la noche en botellas de cerveza. Te estará contaminando el olor a cigarrillo caducado, el regusto a alcohol barato. Estarás respirando esa siniestra mezcla entre colonias caras y sudor agrio y frío que resbala por la piel taladrando las sienes. Tal vez te esté asfixiando la atmósfera cargante que poseen las calles de madrugada. Las farolas fundidas, las copas rotas, las botellas partidas, los cuerpos mendigando calor para pasar una noche en vela. Cuánto pecado asalta las calles cuando no hay luz. Quizá a ti te asalte el pecado de otras bocas atrevidas que intenten corromper la tuya. La forma de otras caderas mejor esculpidas bailará delante de tí. Otros ojos te estarán espiando al otro lado de la barra, sin que te des cuenta, desnudándote, convirtiéndote en deseo. Luego se acercarán, intentarán absorberte clavándose en ti fijamente, pues saben que así los otros ojos acaban rindiéndose.
Pero tú tendrás a otro nombre de mujer repiqueteando en la cabeza, a otra mirada dentro de tus ojos y a otra boca calcada en la memoria. Serás inmune a cualquier veneno que desparrame sobre ti cualquier voz dulce.
Y de vuelta a casa, tal vez te sientes delante de su portal, a fumar las horas, a esperarla ingenuamente o a saberte cerca suyo. O quizá tires piedras contra su ventana hasta obligarla a salir, pero estará profundamente dormida, abrazada al hueco que, al irte, dejaste sobre el colchón.
domingo, 15 de marzo de 2009
Arrebatos

Hubiese huido, como una niña cobarde y desvergonzada que teme el monstruo terrible que es, el tedio de esta ciudad. Con la furia del desarraigo en las venas, hubiese vaciado el armario en una maleta y sin pensar, hubiese azotado la puerta haciendo temblar los cuatro tabiques de esta cárcel sin rejas. Hubiese caminado sola los kilómetros de asfalto que delante de mí se presentasen, la ira que me impulsaría a caminar sobre cemento ardiendo los consumiría, para que cuando quisiera volver la vista, no viese más que una línea infinita de pavimento gris. Tal vez, hubiese nadado otra vez entre aeropuertos, entre su sabor amargo a despedida y su condición innata de propulsor de libertad. Me hubiese tapado los ojos y hecha una completa irracional, señalaría el destino más incierto, aquél que más rabia y más calma me produjera ,al mismo tiempo,su nombre. En el aire estaría liberada, y aunque sobre el mismo terreno sólo a dos mil metros de altura más arriba, muy lejos de aquí. Tan lejos, extremadamente lejos, que las manecillas del reloj tendrían que haber bailado sobre ellas mismas cientos de veces hasta haber encontrado la hora precisa, que conciliase los rayos de luz con mis vigilias. Y tras una de ellas, hubiese amanecido en cualquier playa anónima y perdida, en una de esas que nadie conoce y todos imaginan, con los pies bañados en salitre, la piel curtida y desayunando un coco, iniciándome en mi joven condición de náufraga
lunes, 9 de marzo de 2009
Cambio de sentido
Tengo miedo a despertar una mañana y ver cómo todo toma sentido de repente. Con el tiempo uno le coge cariño a nadar entre incertidumbre, a hacer de los días y noches oportunidades para frenar el desencanto. No deja de ser motivación tratar de encontrar orden en medio del caos, y qué mayor caos que un cerebro adolescente. Cómo reaccionaría si, después de años buscando cabos que me atasen aquí, nada de la nada la raíz más fuerte. Probablemente me esposaría las muñecas, clavaría mis pies al suelo, cegaría mis ojos y, a cambio, me liberaría del sinsentido.
Tal vez entonces esta ciudad dejase de ser una siniestra mezcla entre calles empedradas y edificios infinitos, entre el hastío de un lunes y la esperanza de la noche de un viernes, entre la apatía a la rutina y el cariño a lo tradicional. Temo que las carreteras y mis venas al fin se orientasen, se dejasen orientar por una brújula escondida bajo las costillas que señala un norte sin criterio racional, y que diesen con rumbo fijo. Mi alma cambiaría de signo, y quizás la niña de los ojos fríos y vírgenes se archivase para siempre como pasado.
Tal vez entonces esta ciudad dejase de ser una siniestra mezcla entre calles empedradas y edificios infinitos, entre el hastío de un lunes y la esperanza de la noche de un viernes, entre la apatía a la rutina y el cariño a lo tradicional. Temo que las carreteras y mis venas al fin se orientasen, se dejasen orientar por una brújula escondida bajo las costillas que señala un norte sin criterio racional, y que diesen con rumbo fijo. Mi alma cambiaría de signo, y quizás la niña de los ojos fríos y vírgenes se archivase para siempre como pasado.
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